Ideas sencillas, negocios redondos


Ideas sencillas hay muchas; lo que resulta difícil es hacerse rico gracias a ellas. La que tuvo Álvaro Fernández de la Rubia probablemente se le ocurrió mientras saboreaba un cocido de su madre, Lola: ¿por qué no ofrecer platos como aquél para llevar? Así nació La Cocina de Lola, un negocio de comidas caseras a un precio asequible.

La inspiración la pone la progenitora del jefe, cuyas recetas conforman los menús: tortilla española, merluza en salsa verde, albóndigas a la jardinera... Los envases en que se transportan los platos permiten conservarlos hasta 20 días. Por ahora, Fernández de la Rubia, ex alumno de IE Business School, tiene dos locales en Madrid, pero prevé seguir creciendo.

Mariló Valle también tuvo una idea sencilla: Mamisseta, una prenda que incluye una pequeña abertura para que las madres puedan dar el pecho a sus bebés cómodamente. ¿Cómo se le ocurrió? "Cuando nació mi primera hija vivíamos en Irlanda y hacía un frío terrible, así que era muy molesto desvestirse para darle el pecho. Empecé a pensar en diseñar una prenda que permitiera hacerlo fácilmente". A esta bióloga le ha ido bien: no se ha hecho multimillonaria, pero desde que lanzó el producto se dedica en exclusiva a esta actividad. El precio de sus camisetas está entre 30 y 37 euros.

Trabajo duro

Pero la clave de un buen negocio no es la idea, apunta Valle, sino el trabajo duro. Ella empezó lanzando 50 camisetas, la mayoría de las cuales compraron amigos y conocidos. "Al principio fui muy prudente. Esperaba a vender todo el material para invertir el dinero ingresado en una nueva tanda, y así una y otra vez". El boca a boca hizo efecto. Ahora, estas prendas se venden en 30 tiendas de toda España y también a través de su web, www.mamisetta.com.

Ignacio de la Vega, director del Centro Internacional de Creación de Empresas de IE Business School, está de acuerdo con ella en que "la idea es el punto de partida, pero desde ahí hay que ser capaz de levantar un proyecto empresarial de éxito".

Las ideas sencillas que han triunfado en el mercado se cuentan por cientos de miles, recuerda Joaquim Vilà, profesor de Dirección Estratégica e Innovación de IESE: "Piensa en el clip y en el Post-it, productos elegantes en los que la simplicidad es fundamental". ¿Quedan muchas ideas por nacer? "Por supuesto. Los empresarios tendrían que pensar en cómo superar las pequeñas frustraciones cotidianas. De ahí nacerían muchos productos".

Manuel Matellán, presidente del Club de Inventores, sabe muy bien que ideas muy simples pueden ser un bombazo. Como un silbato que suena más fuerte de lo habitual, que se ha vendido muy bien y que ya está presente en todos los campos de fútbol. Matellán señala un dato curioso: "En 2008, en plena crisis, el número de patentes aumentó en España un 7%, cuando otros años crecían sólo un 3 o un 4%. El problema es que no vale con inventar, hay que desarrollar". Sí, pero con cuidado.

Gran inventor, mal empresario

La experiencia de Pedro Monagas demuestra que hacer una idea rentable puede ser muy difícil. "Soy un buen inventor, pero un pésimo empresario", dice este ingeniero. Al contrario que De la Rubia y que Valle, él ha vivido una agridulce carrera como emprendedor. Desarrolló el Why Cry Baby, un aparato que reconoce cinco tipos de llanto e indica por qué lloran los bebés de meses. "En Japón se vende muy bien y también ha funcionado en muchos otros países. Aquí no ha tenido tanto éxito porque para una madre es impensable que un aparato le diga por qué llora su hijo".

A Monagas, el Why Cry Baby, que es casi un desconocido en España, le valió el título de Hombre del mes en Japón, además de una medalla de oro en EEUU a la investigación científica realizada para desarrollar el dispositivo. Después, el sueño se convirtió en pesadilla.

Porque no es él quien se está llevando los beneficios que se obtienen por la venta de este producto (que cuesta casi cien euros la unidad), sino una empresa a la que, en 2005, encargó su distribución. En algún momento, explica, firmó un engañoso papel que lo despojaba de gran parte de sus derechos sobre su invención. "Recomiendo tener mucho cuidado al elegir a los socios", explica. Después de invertir un millón de euros para desarrollar su idea, no le pagan ni los royalties que le corresponden.

"En este país tenemos la mala costumbre de convertir a todo el que tiene una idea en empresario, pero para eso no vale cualquiera", dice. Por ese motivo, su nueva invención va a lanzarla, como él mismo dice, "protegido por el paraguas de la Universidad Politécnica de Catalunya": un colirio que cura la presbicia (la vista cansada). Espera que esta vez le salga bien.

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